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¿En qué momento salta la chispa que te impulsa a ser fotógrafo?» Mi padre, mecánico de cámaras fotográficas, pasaba horas reparándolas en casa y en uno de los mejores talleres de reparación situado en la calle Hortaleza. Inevitablemente, la curiosidad despierta; casi todos mis hermanos pasamos tiempo con él observando cómo desmontaba una cámara, buscaba la avería y la reparaba. Sin duda, al observar tanto, los conceptos básicos se asimilan: lente, diafragma, obturador, prisma, fotómetro… Incluso hubo una época en la que llegué a repararlas.


Así, un día, llegó la «Yashica Electro 35, una cámara para alimentar esa curiosidad. Una cámara de carrete, con una óptica fija de 50 mm y una estética muy vintage, como se diría ahora. Disfruté muchísimo con ella, curioseando y experimentando. No recuerdo si fue con esa cámara, pero en mi primer carrete de blanco y negro capturé la foto (la primera que aparece) de las manos que despertó la pasión. Esa sensación que se remueve en tu interior y te grita a los cuatro vientos: «¡Mola! ¡Quiero más!» (Curiosa la dopamina). Así comenzó un viaje en busca de sensaciones.

Esto sonará «a viejuno» (pero para los que tenemos unos años, esto se asume no con dignidad, sino con orgullo), pero ¡ojalá hubiera existido internet en aquella época con tanta información como la actual! Los primeros pasos los di con revistas especializadas; recuerdo ir al VIPS (cuando eran algo más que restaurantes) y comprar revistas, libros… ¡Cuántas horas pasé leyendo esas hojas! Años más tarde, rellené lagunas en una de las mejores escuelas de aquel entonces; EFTI. Allí aprendí, entre otras cosas, reportajes, esquemas de iluminación revelar en blanco y negro: desde sacar el negativo del chasis y positivar la copia final.

Un día decidí dar el salto profesional y durante 20 años fue mi estilo de vida. Hice reportajes sociales, eventos, backstage, moda, con momentos muy buenos. Conocí a muchas personas: novios, modelos, consejeros de estado, diseñadores, pintores, peluqueros, maquilladores. Con todos pasé muy buenos momentos, más allá de lo profesional, como con María Lafuente, Mayte Lucas, Rosa Maroto, pero guardo un cariño especial por Enrique Galeote, quien, con su tienda situada en el cruce de Hortaleza con Gran Vía, me vio crecer. Él era conocido de mi padre y gracias a él le compré mi primera cámara “pro” y todo lo que vino después. Pasamos horas hablando de todo: cámaras, objetivos, software, guitarras y temas de la vida. Es curioso, pero creo que algunas personas se cruzan en nuestro camino por algo, y casi siempre es para enseñarnos algo. Enrique me enseñó a ser profesional y serio en este trabajo.

Quizás el hastío, la monotonía, la demanda cada vez más exigente de tiempo o la mezcla de todos me hicieran perder esas ganas de fotografiar. Mi cuerpo dijo basta. Terminé agotado, decidí dejarlo durante unos años…

Durante unos meses del año pasado estuve en Cádiz cerrando otra etapa (curioso esto de la vida de ir abriendo y cerrando cosas) Todos los días recorría la playa, el centro de la ciudad, su puerto. Pero en todos esos paseos, por si acaso, la cámara me acompañaba. Lo que empezó como un acto para despejarme, hizo renacer la necesidad de fotografiar, esta vez sin espíritu comercial, solo por el placer de disfrutar. Y por eso, vuelvo a ello con una página web diferente. Retomo este camino con un proyecto personal donde compartiré tanto mis imágenes como mis reflexiones.
Gracias por leer y perdonad la chapa
